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PRISIONERO DE ESPERANZA

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ZACARÍAS 9:12

 

 

 

 

 

“Volveos a la fortaleza, oh prisioneros de esperanza;

Hoy también os anuncio que os restauraré el doble”.

 

            Hay dos principios rectores en el alma del Cristiano, que hacen de Dios el objeto especial. Estos son “fe y esperanza”. Hay una marcada distinción, y sin embargo una íntima conexión, entre estos dos principios. La fe toma lo que Dios ha dado; la esperanza espera lo que Dios ha prometido. La fe descansa en santa tranquilidad en las declaraciones de Dios sobre el pasado; la esperanza mira hacia delante en los anhelos activos del futuro. La fe es un recipiente; la esperanza un expectante. Ahora, se encontrará que, en proporción al vigor de la fe, será el vigor de la esperanza. Si no estamos “plenamente persuadidos que lo que Dios ha prometido, Él es poderoso también para cumplirlo”, sabremos poco del poder o la energía de la esperanza. Si la fe vacila, la esperanza será fluctuante. Por el contrario, si la fe es fuerte, la esperanza también lo será; porque la fe, mientras alimenta y fortalece la persuasión, imparte fuerza e intensidad a la expectativa. Así, el alma, en el feliz ejercicio de los principios anteriores, es semejante a una planta enredadera  que, echando sus raíces en el suelo, lanza sus zarcillos a lo largo del muro o árbol más cercano. Así el alma encuentra su raíz en el registro eterno de Dios, mientras que envía los zarcillos de una esperanza imperecedera para captar tenazmente la promesa fiel de Dios; y, podemos decir, que cuanto más profunda es la raíz, más fuerte el zarcillo[1].

          El patriarca Abraham fue un feliz ejemplo de todo esto; su “fe y esperanza” estaban verdaderamente “en Dios”. Las circunstancias no le agregaron nada. Se le había prometido toda la tierra de Canaán, donde no había ni siquiera puesto su pie; se le había prometido también una simiente como las estrellas del cielo, o la arena del mar, cuando todavía no tenía ningún hijo. De esta forma, ni su fe ni esperanza pudieron obtener ningún alimento de las circunstancias, porque todo lo que estaba dentro del rango de la visión mortal se oponía a él. Pero la promesa “del Dios Todopoderoso” era suficiente para el hombre de fe. Sin nada más que eso, él partió como un peregrino y extranjero, sin tener ningún fundamento para que sus esperanzas pudieran ser reconocidas por “carne y sangre”. Abraham había  oído una voz que los hijos de este mundo no podían oír, la voz del “Dios de gloria” que lo llamaba de en medio de sus circunstancias terrenales para ser un “prisionero de esperanza”. El Señor había dirigido sus pensamientos hacia arriba— le había llamado de la tierra al cielo— de la Babel terrenal a la Jerusalén celestial— de la ciudad sin fundamentos del hombre, a la ciudad bien fundamentada de Dios.

          Así fue con todos los patriarcas y testigos cuyos nombres honrados el Espíritu ha registrado, para nuestro aliento, en Heb. 11. “Todos estos murieron en fe, no habiendo recibido las promesas, pero saludándolas de lejos, ya que estaban persuadidos de ellas, y las abrazaron, y confesaron que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra”. Murieron como habían vivido, “prisioneros de esperanza”. Un mundo incrédulo podría mofarse y burlarse de ellos, y preguntarse por qué habían renunciado a las realidades aparentemente sustanciales de la tierra para vivir y morir sin nada. Pero su “fe y esperanza” estaban en Dios, y no en las circunstancias. La fe les permitía descansar con espíritus tranquilos sobre el registro de Dios, mientras que la esperanza los llevaba hacia el futuro, y lo convertía en el presente.

          Pero el verso que encabeza este documento presenta al creyente en dos aspectos muy interesantes, a saber, como el recipiente de la gracia, y la expectación de la gloria, como uno alojado con seguridad en una “fortaleza”, pero aun así como “prisionero de esperanza”, como uno en el goce de la paz perfecta, y también viviendo en la bendita esperanza de cosas mejores. Estos dos puntos pueden proporcionar materia para una reflexión provechosa, por la misericordia del Señor.

          Solo hay una cosa que puede hacer feliz al alma al mirar hacia el futuro, y es el conocimiento del amor redentor de Dios al dar a Su Hijo como un perfecto sacrificio por el pecado. Hasta que esto es conocido, el pensamiento nunca puede ir más allá de la cuestión de una mera salvación individual, que, después de todo, no es más que egoísmo. El corazón humano es, en cierta medida, consciente de que no todo está bien con él, y por lo tanto no se siente cómodo con el pensamiento del futuro. “Está señalado a los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio”. La muerte y el juicio forman una perspectiva sombría para que el hombre la contemple. La muerte pone a un lado la cortina y revela el terrible futuro, lanza a la pobre alma al infinito océano de la eternidad, sin nada que la sostenga o guíe. Pero “el sacrificio u ofrenda de Jesucristo” introduce al alma en un nuevo fundamento, altera su punto de vista, y quita las nubes de la perspectiva. “Así”, dice el apóstol, “Cristo fue ofrecido una vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá otra vez sin pecado para salvación” (Heb. 9:28). El pecador debe llegar al otro lado de la cruz antes de que pueda mirar hacia delante felizmente o en paz. En otras palabras, sólo podemos estudiar la profecía con la conciencia limpia. Es cuando conocemos, por el Espíritu, el valor de los sufrimientos de Cristo, que podemos contemplar con gozo la gloria que ha de venir. Los inconversos, por lo tanto, no tienen nada que hacer con la profecía. Para ellos el trono desde el que Jehová revela Sus profundos consejos está rodeado con espesas nubes y oscuridad, y no envía  nada más que truenos y relámpagos. El libro profético está sellado con siete sellos, y nadie más que el Cordero puede abrirlo.

          Si, entonces, es verdad que una conciencia purificada es necesaria antes de que la profecía pueda ser estudiada correctamente, no necesitamos preguntarnos si es tan poco lo que saben aquellos que consideran que es el punto más alto del logro Cristiano para poder sentir que la conciencia está limpia de toda mancha. Hasta que la gran doctrina del perdón, pleno, libre, y eterno perdón, es conocida como la porción incuestionable del alma, por medio de la obra terminada del Cordero de Dios, no es de extrañar que cualquier otra cuestión, por muy importante que sea, quede en suspenso. El valor y eficacia de la gracia deben ser conocidos antes de pensar en la gloria. La gracia que trae la salvación debe ser recibida antes de que "la bendita esperanza" pueda ser disfrutada.

          Todo esto nos guía a ver la distinción entre la obra del evangelista y la del maestro. El evangelista debe llevar al pecador a ver que la obra sobre la cual su alma debe descansar ha sido cumplida, y que él no puede, de ninguna forma, añadir a esta. Debe transmitir un mensaje sencillo sobre la obra realizada, que debe ser la base de la paz del pobre pecador culpable. No asume nada con respecto a aquellos a quienes habla, sino que están muertos en sus delitos y pecados, tan muertos como el valle de los huesos secos de Ezequiel, y tan incapaz de vivir o moverse. El evangelista tiene el privilegio de estar en medio de un mundo arruinado, destruido, y culpable; y ofrecer allí la salvación, en el nombre de su Maestro, a todos los que crean la palabra concerniente a la cruz. Es de suma importancia que todos aquellos que ocupan la posición de evangelistas comprendan claramente la naturaleza y límites de su obra, y los términos de su comisión. Ocurre con demasiada frecuencia que los predicadores del evangelio estropean su obra al inmiscuirse en la esfera del maestro. Ellos piensan que es su deber presionar sobre la atención del pueblo, los frutos que resultan de la recepción del evangelio, para que no se sospeche de ellos como siendo antinomianistas. Esto es, propiamente hablando, la obra del maestro, que solo tiene que ver con los que han pasado bajo la mano del evangelista. El maestro no tiene que ver con pecadores, como el evangelista con santos.[2].

          El maestro no debe limitarse a la materia de presionar sobre la conciencia del creyente sus responsabilidades; también debe instruirlo en la naturaleza de su esperanza, debe exponerle el libro de las profecías, de acuerdo a la sabiduría del Espíritu Santo. El evangelista tiene que hablar lo que Dios ha hecho; el maestro, lo que Él hará. El primero llama a la acción de la fe; el segundo, a la acción de la esperanza, el primero señala la fortaleza; el segundo habla al prisionero de esperanza. Si estas cosas son confundidas, el efecto será muy dañino. Es tan erróneo que el incrédulo se dirija al tema de las esperanzas de la Iglesia, como que el creyente se limite a la cuestión del perdón de los pecados. El enemigo de las almas puede a menudo hacer mucho daño al llevar a personas no regeneradas a ejercitar sus intelectos en el tema de la profecía. Lo hace en la actualidad, ya que no ha sido capaz de impedir que los Cristianos escudriñen los testimonios de su Padre concerniente al futuro. El diablo se esforzará en suprimir o corromper la verdad de Dios. Por edades ha tenido éxito en mantener a la Iglesia de Cristo lejos de la percepción de la preciosa doctrina de la venida del Señor; y ahora la atención ha sido despertada sobre ese sujeto, buscando maliciosamente anularla haciendo que los labios no santificados la proclamen y la enseñen, o haciendo que los Cristianos difieran en cuanto a ella.

          Ahora, el remedio para estos dos peligrosos males es la simple comprensión de la posición Cristiana, como un prisionero de esperanza. Esto no es para entretener el intelecto, ni para complacer la fantasía, que el Espíritu de Dios ha hablado acerca del destino de la Iglesia. No; es para el propósito de consolar al prisionero, dándole una esperanza bien fundamentada. No es para nadie, salvo para aquellos que se encuentran dentro de la puerta ensangrentada, que la perspectiva de descanso y gloria se haya pintado a lo lejos. Mirando al creyente en un aspecto de su carácter, es semejante al Israelita dentro del bendito círculo de paz, que la redención había descrito a su alrededor, alimentándose del cordero cuya sangre había asegurado su paz, con los lomos ceñidos, esperando por los primeros rayos de la mañana, para dejar la tierra de la muerte y la oscuridad para seguir su camino hacia la tierra del descanso. Así, el creyente, descansando en la eficacia expiatoria de la sangre de Cristo, tiene el privilegio de esperar “la mañana sin nubes”, no para saber, por primera vez, que es acepto en el Amado, sino para entrar en todos los ricos e inefables frutos del amor redentor. Así, el creyente es prisionero de esperanza. Su fe descansa en la cruz, su esperanza se alimenta de los ricos pastos del registro profético de Dios. Su espíritu viaja en un curso del cual la cruz es el punto de partida, y la gloria es la meta. El encuentra esto:

“Dulce mirar atrás y ver su nombre

En el libro de la vida establecido;

Dulce mirar hacia adelante y contemplar

Eterno goce suyo”

 

 

          Los dos puntos son inseparables. Es solo cuando encontramos dulce mirar atrás, que encontramos también dulce mirar hacia delante. Debemos ver nuestros nombres en el libro de la vida, escrito allí con caracteres indelebles, antes que podamos entender nuestro título de alegrías eternas. Es imposible que alguno pueda entrar justamente en la investigación de la doctrina de las esperanzas de la Iglesia, hasta que su espíritu no haya sido perfectamente tranquilizado por la sangre de la expiación. Para el alma no lavada este prospecto es inexpresablemente terrible. “No entres en juicio con tu siervo, oh Señor, porque en tu vista ninguna alma será justificada”. La profecía transmite un doble mensaje; habla de un juicio sin límites para el hombre que aún está en sus pecados; y habla de la incorruptibilidad y vida eterna para el hombre que ha creído en el amor de Dios desplegado en el don de Su Hijo. Por lo tanto, para el primero, debe ser un mensajero muy inoportuno; para el segundo, el portador de las más grandes alegres noticias: para el primero habla del naufragio completo, para el segundo, de la gloriosa consumación de todas sus esperanzas.

          Los hijos de este mundo no son prisioneros de esperanza, son prisioneros bajo condenación; ellos esperan, no ser libertados, sino ejecutados; no es un descanso sin fin, sino un tormento interminable, lo que les espera. ¡Miserable perspectiva! Oh hombres de este mundo, ¿qué será cuando la copa de su placer sea arrancada de sus labios para siempre? ¿Cuándo el mundo, el ídolo por el cual usted ha vivido y trabajado, y en cuyo altar usted ha sacrificado todo, pase a la destrucción eterna? ¿Qué no darías entonces por encontrarse en una fortaleza, aún la fortaleza que la fe encuentra en el sacrificio de Cristo? No es más que un ciego capricho renunciar al futuro de Dios por el presente del hombre, vender la gloria venidera de Cristo por la gloria presente del mundo. Es mucho mejor soportar las privaciones temporales de la vida de un prisionero aquí, que sufrir un encarcelamiento eterno con Satanás y sus ángeles. Pobre pecador, Jesús crucificado te llama a “volver a la fortaleza”; a refugiarte, por la fe, bajo la sombra de la cruz, y esperar allí, como un prisionero de esperanza, la gloria que se revelará rápidamente desde el cielo. Y tú, lector Cristiano, que por gracia, has encontrado descanso para tu espíritu cansado, ¿quieres saber más lo que significa ese título, “prisionero de esperanza”?

          Podemos formarnos alguna idea de la intensidad de los anhelos de un prisionero por el día de su liberación; podemos imaginar cuán ansiosamente un prisionero antiguo anhelaría escuchar en su alma la conmovedora nota de la trompeta del jubileo, anunciando su completa liberación del cautiverio. Sabemos muy bien que no es con los muros sombríos y desmoronados de su prisión con los que el prisionero atrae su atención; no trata de decorarlos o hacerlos más estables. No; él gime y anhela la libertad. Así debe ser con nosotros. Debiésemos incesantemente “gemir dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestros cuerpos”. “Nosotros," dice el apóstol, "que estamos en este tabernáculo, gemimos, estando agobiados; no para que nos desnudemos, sino revestidos, para que [lo que es] mortal sea tragada por la vida”.

          Aquí está el lenguaje apropiado de un prisionero de la esperanza. No es solamente gemir para ser liberados de la jaula en la estamos encerrados, sino “para ser revestidos con nuestra casa que es del cielo”. Sin duda, sentimos la aflicción y la prueba de nuestra posición actual, se nos hace saborear la irritabilidad y la aspereza del viaje; se nos llama a entrar en el dolor de estar encarcelados en un cuerpo de pecado y muerte. En una palabra, “gemimos, estando agobiados”. Sin embargo, la puesta a un lado del tabernáculo terrenal no remediaría perfectamente el caso. Ser desvestidos, desnudados en cuanto a nuestros espíritus no nos haría perfectamente felices. Muchos Cristianos se equivocan en sus pensamientos sobre este tema. Piensan que el momento en que el espíritu escapa de su casa de prisión, entra en la perfecta felicidad. Pero no es así, el pasaje citado lo demuestra plenamente. Nada puede llenar la medida del gozo del creyente, sino el hecho de estar revestido de su casa que viene del cielo; porque, hasta entonces, ya sea esté preso en la tumba, o en un cuerpo de pecado y de muerte, la muerte y mortalidad se imponen, en lo que respecta al cuerpo; pero cuando aparezca en su resurrección vestido de gloria y de belleza, la muerte habrá sido tragada por la victoria, y la mortalidad por la vida. Hablar de la perfecta bendición, mientras el espíritu está desnudo y el cuerpo mezclado con el polvo es una contradicción.

          Hay, creo, solo cuatro lugares en el N. Testamento donde se habla de espíritus no vestidos, y en ninguno de ellos tenemos nada que se aproxime a una descripción completa de ese estado. Al contrastarlo con nuestra actual condición dolorosa y difícil, el apóstol dice, "es mucho mejor". Sí, de verdad, es "mucho mejor" descansar de nuestros trabajos que trabajar aquí - mucho mejor estar lejos de una escena de lucha y confusión, donde todo tiende a sacar la vileza de la naturaleza. Pero todo esto no constituiría la cima de la bendición. ¡Cuán diferente habla el Espíritu Santo del estado de resurrección! Sería imposible pensar en citar, o incluso referirse, a los diversos pasajes en los que se trata este glorioso tema. El N. Testamento abunda de ello. Tampoco hay algún misterio o vaguedad en la forma en que se nos presenta. No; se nos enseña clara, explícita y simplemente que la resurrección y las glorias conectadas con ella constituirán la consumación misma del  gozo  y la bienaventuranza del creyente; y, además, que hasta entonces no es más que un prisionero de esperanza. Los patriarcas, los profetas, los apóstoles, el noble ejército de mártires, todos nuestros amados hermanos que han partido antes que nosotros, si, y el mismo Maestro[3], todos esperan por la mañana de la resurrección.  “Todos estos, habiendo obtenido un buen testimonio, a través de la fe, no recibieron lo prometido: “Dios habiendo previsto algo mejor para nosotros, que no serían perfeccionados sin nosotros”. Dios debe reunir a toda Su familia, el sepulcro debe soltar a cada redimido, cada miembro disperso del rebaño de Cristo debe ser reunido en el redil celestial antes de que comiencen las festividades del reino.

          De este modo vemos la vasta importancia de ser justamente instruidos en cuanto a la naturaleza de nuestra esperanza. Cuando sabemos lo que esperamos, somos capaces de dar una respuesta; sí, nuestras vidas responden. La vida de un hombre siempre está influenciada por sus esperanzas genuinas. Si un hombre es heredero de una propiedad, su vida estará influenciada por la esperanza de heredar; y si conocemos más del poder del Espíritu como “las arras de nuestra herencia” en lugar de disputar acerca del tiempo o manera de la llegada de nuestro Maestro, deberíamos, como “prisioneros de esperanza” mirar ansiosamente desde las ventanas de nuestra prisión, y decir, “¿Por qué se retrasan las ruedas de Su carruaje?”

          ¡Oh! Para que todos los que han encontrado una fortaleza en la cruz de Jesús puedan decirlo sinceramente. “Ven, Señor Jesús, ven rápido”.

 

                                                                                                     C.H.M.

 

 

Traducido por: R. O
Revisado por: C.F 

         

 

[1] Nota agregada por revisor: Zarcillo, en botánica, es un tallo, hoja o pecíolo especializado del que se sirven ciertas plantas trepadoras para sujetarse a una superficie o a otras plantas.

[2] Por supuesto, podemos ver a menudo el don de un evangelista y un maestro desarrollado en la misma persona. Cuando se combinan de esta manera, hay que tener mucho cuidado de no confundirlos en su ejercicio.

[3] Nota no incluida en original, añadida por revisor: La expresión “si, y el mismo Maestro, todos esperan por la mañana de la resurrección” no quiere decir que el mismo Señor espere por Su propia resurrección, porque  Él ha resucitado y es primogénito de entre los muertos Col. 1:18, espera la resurrección de otros, aparte de Él mismo.