• gorrion-recortado.2psd.png
  • montañas8.png
  • sheep.png

 

 

 

 

 

Las Ocho Comunicaciones

De Dios

con Abraham

 

Por: R. A. Huebner

 

Descargar PDF

Descargar EPUB


 

 

 

 

 

 

 

 

Hecho en USA

2016

 

 

 

 

 

 

Sitio Web: www.presenttruthpublishers.com

 
 
 
 
 

 

Tabla de Contenidos

 

 

1.     Prefacio.

2.     El Llamamiento de Abraham.

3.     Las Ocho Comunicaciones de Dios con Abraham.

4.     La 1ra: El Llamado de Dios.

5.     El 2da y 3ra: La Promesa de la Tierra y de los Descendientes.

6.     La 4ra: El Heredero.

7.     La 5ta: La Revelación de Dios Mismo y la Circuncisión.

8.     La 6ta: Comunión y Compañerismo con Dios en Gracia.

9.     La 7ta: El Primer Hombre Puesto a un Lado.

10.   La 8va: El Segundo Hombre en Resurrección.

 

 

Prefacio

Para el conocimiento del lector, “Las Ocho Comunicaciones De Dios con Abraham” corresponde a tan solo una parte del 2° volumen de la obra llamada “El Misterio de Cristo y la Iglesia Y Los Pactos” cuyo editor original es D. Ryan, y su autor es R. Huebner, quien habiendo cumplido los días de su servicio, ha ido a su hogar (Lucas 1:23).

Agradezco la gentileza de S. Huebner por otorgarme el permiso de extraer una parte de este contenido, orando para que pueda ser de beneficio para el pueblo de Dios.

Si el Señor lo permite, se ira avanzando de manera ordenada para publicar capitulo por capitulo, de tal manera que en un determinado momento el lector pueda tener los 9 capítulos seleccionados completamente disponibles en español.

 

 

 

 

Traducido del Inglés al Español por: C.F

01/10/2021

 

Capítulo 9

El Llamamiento de Abraham

Trasfondo del Llamado(Gen. 12:1)

No sólo se produjo la confusión de las lenguas, la dispersión de los pueblos y la formación de naciones, sino que claramente la idolatría, es decir, la adoración a los demonios (1 Cor. 10:20), había encontrado un lugar en la descendencia de Sem, y Taré, el padre de Abraham, era un idólatra.

Y Josué dijo a todo el pueblo: Así ha dicho Jehová, el Dios de Israel: Vuestros padres habitaron antiguamente al otro lado del río, Taré, padre de Abraham y padre de Nacor, y sirvieron a otros dioses (Jos. 24:2).

 

Así como Adán había vivido para ver el aumento del mal, también lo hizo Noé, como puede verse fácilmente en el gráfico “Del diluvio a Abraham”. En medio de esta situación, Dios llamó a Abram desde su tierra, su parentela y la casa de su padre. No se trasladó directamente a la tierra de Israel, y cuando por fin llegó allí nos enteramos por Gen. 12:1 que "Jehová había dicho" que debía dejar estas cosas. No se nos dicen los detalles de cómo Jehová le dio a conocer este llamado a Abraham, aunque fue una acción soberana de Dios sobre él.

 

Nótese que "Taré tomó a Abram su hijo", etc. Jehová no había llamado a Taré, pero él actuó como si hubiera sido llamado, pero enturbió el llamado. Él no era ni el sujeto del llamado, ni de su carácter. Involucrarse con tales es obstaculizar el llamado en aquellos que son llamados. Lot, el nieto de Taré, no había sido llamado a este camino de separación, pero Taré lo llevó también. Parece que Taré quería ir, pero a medias, y Lot lo acompañó también.

Abram vivió en Harán durante algún tiempo hasta que su padre murió, cuando Abram tenía 75 años (Gen. 12:4). Fue entonces cuando Abraham obedeció el llamado al camino de separación. En la providencia de Dios había surgido el carácter de este mundo como trasfondo sobre el que se despliegan los grandes principios del llamamiento y promesa.


 

Introducción del Llamamiento y Promesa:

El Llamamiento es Para Salir del Mundo, y Dejar el Mundo Como Está

Lo que sigue es de J. N. Darby

❖ Se formaron ahora países y razas; y en la medida en que estaban separados unos de otros por el espíritu de asociación inteligible, tanto más se unieron en intereses personales y locales más fuertes; el egocentrismo vino a ser nacional, y los intereses adversos pasaron a ser (no simplemente personales) sino los de los países, y los pueblos, y las lenguas.

Pero en medio de todo esto se introdujo un nuevo principio. El llamamiento de Dios - un principio y un poder que, mientras dejaba a éstos intactos, actuaba por encima de todos ellos - a la relación natural, y a las asociaciones formadas.

El Señor había dicho a Abram: Sal de tu país, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré.

Aquí se muestra claramente la vocación del "padre de los fieles". País y parentela fueron reconocidos como existentes; cómo se formaron en la creación, y bajo el gobierno (como se estableció en Noé), y las circunstancias posteriores, como ya lo hemos visto.

Ahora fueron dejados tal como estaban. No se intervino en los mismos. De hecho, (aunque corrompidas), ambas fueron claramente mantenidas en su propio lugar, como habiendo estampado sobre ellas que habían sido ordenanzas de Dios. Hasta el día de hoy no hay ninguna abrogación de ellas, ni la habrá en principio, aunque serán transferidas a Cristo, y bajo Cristo serán para justicia y bendición. "Un rey reinará en justicia", y aunque a la reina y compañera Judía de Su gloria se le enseñará a olvidar la casa de su padre (siendo llamada por gracia, no por descendencia) {Sal. 45:10}, sin embargo la descendencia del remanente será bendecida con ellas; en lugar de los padres estarán los hijos. Por lo tanto, aunque el mal los haya invadido, tanto el gobierno como la relación, el hogar, etc., son principios que no se rechazan de ninguna manera, ni podrían ser abstraídos. Pero el llamamiento de Dios actúa supremamente sobre ellos, pues de lo contrario no podría haber otro principio, y la prevalencia de la maldad del hombre en estas quedaría sin remedio.

Pero en la sabiduría de Dios, el estado corrupto de cosas no fueron juzgadas ni se actuó sobre, sino que se introdujo el testimonio de cosas mejores; si se hubieran juzgado, el final habría sido la destrucción total, o la asunción prematura de todo en manos del poder Supremo. Sin embargo, incluso aquello por lo que el mal debía ser suprimido, es decir, el gobierno, al estar corrompido, se convirtió ahora en el instrumento del mal. Por lo tanto, sólo podían introducirse esperanzas enteramente nuevas, y no simplemente una enmienda actual, porque eso habría llegado al mismo fin; sino nuevos principios, no destruyendo los instrumentos sancionados y designados por Dios, porque tal destrucción habría demostrado, no tanto el mal del hombre, la criatura, sino el mal y la insensatez de la designación del Creador. Esta designación fue dejada justo donde estaba, para ser juzgada a su debido tiempo sobre los mantenedores de la misma. Pero en gracia se introdujo otro principio: el de dejar en sacrificio todas estas cosas por mejores esperanzas. Se reconocen los lazos existentes de la patria y de la parentela, pero en EL LLAMADO DE DIOS se establece una demanda suprema: -

 

El Señor había dicho a Abram: Sal de tu tierra, de tu familia y de la casa de tu padre {Gén. 12:1}.

 

Tenemos, pues, en el llamamiento de Dios, la afirmación de una demanda suprema por parte de Dios sobre un individuo en gracia, dejando todo aquello de lo que fue llamado sin más cambio; sólo llamándolo fuera de ello. Este es un principio muy poderoso, distinto y nuevo, no revelado previamente, que es consecuente con, y actúa de manera especial y suprema, en referencia a las relaciones existentes, que habían surgido de lo que fue previamente ordenado y designado. No hay declaración de bendiciones o principios a los hombres donde estaban, sino el llamado de ellos fuera de allí, y así un llamado personal es lo que encontramos. El principio que además se establece en él es la mera obediencia personal, sobre la base de este llamado, a la acción individual responsable.

Dios había dicho a Abraham: "Sal de aquí".

Aquí, en la palabra de Dios, está conectada la responsabilidad individual de la obediencia. Implicaba necesaria y abiertamente la ruptura de las relaciones subsistentes personalmente, en cuanto a su propio interés en ellas, pero sin afectarlas, tal como eran en sí mismas, en lo más mínimo. Debía dejar su país, su familia y la casa de su padre. Podían seguir siendo lo que eran antes (podían, o no podían) esto era una cuestión de la Providencia; la obediencia a las palabras y al llamamiento de Dios era el único punto en gracia a Abram, el único punto a considerar por él. La palabra de Dios condujo el camino en la dirección que se le dio, y le dio la promesa como aquello que debía animarle a actuar. "A una tierra que te mostraré"; ésta era la esperanza cierta de la fe, por la cual un hombre se convierte totalmente en un extranjero donde antes estaba en casa. Ciertamente era una mera promesa, pero era una promesa que implicaba no sólo la certeza de Dios, sino también la guía de Dios hacia la cosa prometida: "a una tierra que te mostraré".

 

Volvamos a los detalles de este llamado de Dios; ya hemos visto que su gran característica distintiva era la separación del mundo.

 

El Señor le había dicho a Abram: Sal de tu tierra, de tu familia y de la casa de tu padre {Gén. 12:1}.

 

Esta era la sustancia del carácter actual del llamamiento, como actuando sobre un mundo nacionalizado; y así fue presentado el carácter específico de la iglesia.

Estaba involucrado entonces el favor inmediato de Dios, no en la comodidad presente, sino en el llamado personal. La revelación personal de Sí mismo a Abram, por así decirlo, lo identificó con Sí mismo y con Su propósito, y con la bendición de una herencia señalada. Este llamamiento, por muy especial y personal, por muy distinguido que sea el favor, implicaba necesariamente la obediencia. El llamado de la bendición a Abraham era un llamado a salir de su país a una tierra que Dios le mostraría, y por lo tanto implicaba necesariamente la obediencia. Cualquiera que fuera el poder que actuara en su mente, la obediencia era el resultado; porque en los mismos términos del llamado era manifiesto: sin obediencia, no hay bendición. Fue (para usar las palabras de la Escritura) "santificado para la obediencia", porque ahora no se le dio nada más que la orden: "Salid" - "el Señor había dicho". No era para gratificar el egoísmo presente de la naturaleza de Abram, diciendo, "este es tu país", sino que era "Sal de tu país" - para ir ¿a dónde? "a una tierra que yo te mostraré". Implicaba, por tanto, una confianza implícita en la fidelidad, el poder y el amor de Dios. Tomando a Él como seguridad y porción (como lo revelan las Escrituras), salió, sin saber a dónde iba. Es en esto que el Espíritu de Dios descansa tan especialmente como característica de su fe aprobada. Al separarse del mundo, sobre la base de una confianza implícita en Dios, lo perdió todo, y no obtuvo nada más que la palabra de Dios, sellada por supuesto en su alma (pues su fe descansaba en ella) por el poder del Espíritu de Dios. El Dios de la gloria se le había aparecido en el asunto, y Dios le mostraría la tierra. Así que Abram partió.

 

 

 

Aquí está, pues, el modelo y el carácter de la iglesia, y también del creyente individual; son llamados por Dios en la fe fuera de todo aquello en lo que el mundo y la naturaleza han sido formados (y aunque no se entrometen en estas cosas, ni las repudian en su lugar, sino que reconocen en ellas la mano ordenadora de Dios, y además el pecado del hombre): confiando en una promesa que no se cumple de inmediato, pero tomando a Dios, y sólo a Dios, como la seguridad, la garantía y la guía; es la fidelidad, como si se estuviera seguro de la pérdida presente de todas las cosas, y la ganancia presente de nada; es un caminar por la fe, y no por la vista, no sólo en lo que respecta a las cosas presentes renunciadas, sino también en lo que respecta a las cosas esperadas - las cosas por venir - "porque lo que el hombre ve, ¿por qué lo espera todavía? " Pero están suficientemente asimilados a Dios; y en Él, y conociéndolo, o más bien siendo conocidos por Él, están dispuestos a dejarlo todo por Su palabra. Así, no era la recompensa lo que se tomaba como porción, sino Dios, el prometedor de la recompensa, y por lo tanto era la fe. El objeto era tan simple como la seguridad. "Salieron para ir a la tierra de Canaán"; el resultado era tan seguro como lo era Aquel que llamó;

 

ellos fueron a la tierra de Canaán, y a la tierra de Canaán llegaron.

 

Tal es la historia y el carácter de la iglesia de Dios en su llamamiento. Llamada por Dios a la separación del mundo, que sale justamente donde estaba para ir a una tierra prometida -una tierra que Dios le mostrará-, camina por fe, y no por vista, saliendo para ir allá, y allá llegando ciertamente de acuerdo al llamamiento y el poder de Dios. [1]

❖ Volvamos ahora a los caminos de Dios en promesa. La primera revelación de Dios (en la caída) fue una declaración de que la Simiente de la mujer heriría la cabeza de la serpiente. No se trataba de una promesa a Adán, sino de la revelación de que otro, aparte de él, destruiría el poder que él, por su infidelidad, había cedido para gobernar la tierra. En esto, la fe individual podía descansar, y sabemos que descansó, en los Enoc y los Noé; podemos confiar en el propio Adán y en muchos otros de su posteridad. Sin embargo, el mundo creció desesperadamente en maldad, y Dios decidió destruir lo que había creado, y trajo el diluvio sobre este mundo de impíos. El mundo comenzó de nuevo, y ¡ay! pronto se vio el pecado en el. Pero Dios no permitiría que no tuvieran límites. El hombre construyó la torre para tener su propio camino, y no ser dispersado; y Dios confundió su lenguaje y dispersó la raza, formando países, y lenguas, y lenguajes. Podían existir y han existido poderosos cazadores; pero en un mundo dividido y razas antagónicas. Pero el mundo se había alejado de Dios y, como sabemos por Josué, había comenzado a adorar a los demonios. Y ahora Abraham es llamado. No había ley, ni condición, ni justicia, ni exigencia de ella. Es llamado a romper y abandonar el orden providencial que Dios mismo había establecido en el mundo, su país, su parentela y la casa de su padre. El país era esa cosa nueva establecida por Dios, que Su juicio sobre Babel había formado: el orden de Dios en el mundo. Abraham debía abandonarlo; no actuar en contra de el, sino estar apartado de el por Dios en el mundo. Este era un punto sumamente importante, y lo es cuanto más lo examinamos. Lleva a Abraham a un terreno independiente de la responsabilidad común de los hombres. El mundo yacía bajo el; el pecado estaba allí, y un juicio por venir. La gracia obra aquí. Abraham es llamado de entre ellos, y separado de ellos, y la bendición positiva revelada se deposita allí, y total y exclusivamente allí.

Este fue un hecho inmenso. No es el hombre responsable y sujeto a juicio. No es simplemente la gracia obrando, para que un hombre pueda tener, individualmente, parte en la vida divina, y el favor divino, y el cielo; sino uno llamado públicamente fuera de todo el sistema de Dios {la providencia de Dios}, y hecho la cabeza de una raza (ahora una espiritual), y toda la bendición depositada en él, y enteramente en él. Esto fue algo nuevo en la tierra. De manera general se puede considerar a Israel como la simiente natural según la promesa, pero los detalles de esa parte de la historia no necesitan detenernos aquí. Eran según la carne, y la simiente de la promesa debía ser considerada definitivamente como heredera.

 

Pero lo importante es este principio en sí mismo. La gracia llama a uno a ser la cabeza de una nueva raza, en la que la bendición de Dios iba a ser "la bendición de Abraham". Esto no tiene nada que ver con juzgar sobre la base de la responsabilidad; ni con ninguna regla o medida dada sobre la cual se debía fundar ese juicio. Este puede ser un motivo más profundo para la fidelidad y el servicio más que cualquier otro, pero es así. Pero es uno llamado de un mundo responsable que está bajo juicio por su fracaso {,} no para dar una regla exacta por la cual ese fracaso pueda ser medido, sino para establecer la bendición soberana en él, y por revelaciones subsecuentes, en su Simiente. Así como Adán fue la cabeza de una raza pecadora y condenada, Abraham fue la cabeza de una raza bendecida, de la que se podía decir,

ahora sois descendientes de Abraham y herederos según la promesa.

Esto, por gracia, será cierto incluso para Israel en su día; intentaron tenerla por las obras de la ley {bajo el pacto mosaico} y así la perdieron, pero Dios, a pesar de todo, fiel a Sí mismo, cumplirá Sus promesas. Pero esto por el momento lo paso por alto.

Basta con señalar aquí la posición de Abraham, llamado a ser el depósito y la reserva de la promesa y la bendición,

Sal de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a una tierra que yo te mostraré; y haré de ti una gran nación, y te bendeciré, y serás una bendición. Bendito el que te bendiga, y maldito el que te maldiga, y en ti serán bendecidas todas las familias de la tierra (Gén. 12:1-3).

La bendición caracterizó su llamamiento. Es un bendecido y una bendición. La bendición se mide por las disposiciones hacia él. Y él es la única fuente de bendición para todas las familias de la tierra. Esta es una posición muy notable y muy bendita, y, en su carácter, divina, que haremos bien en considerar en lo que respecta a nosotros mismos. Sugeriré una o dos palabras dentro de un momento. Pero, observen aquí cuán divina es en su naturaleza. Dios es bendición en Sí mismo. Esto lo caracteriza. Él es la fuente para todos los que la tienen. Esta fue, por derivación, justo el lugar de Abraham. Fue hecho bendito, en este sentido tuvo bendición en la tierra, distintiva y especialmente; fue la fuente de ella para todas las familias de la tierra. Si hubo una maldición, fue sólo por enemistad con esto. Este es un lugar sumamente precioso, y de carácter divino, para una criatura; una criatura bendecida, sin duda, y vivificada por Dios; por ende, tanto más preciosa cuanto más real.

Así, el lugar de la bendición se establece definitivamente como de pura gracia sin ley - la gracia que abunda sobre toda la condición pecaminosa del hombre, y que fluye de y es medida por la plenitud auto-originada del amor divino, del cual fue el despliegue y la revelación. Esto es lo que lo caracterizó en Abraham: la gracia poniendo al hombre en un lugar divino de bendición.

Pero esto se revela con mayor claridad y bendición cuando procedemos a considerar la forma en que se llevó a cabo.

Fue confirmada[2] a la Simiente, es decir, a Cristo; y eso, como veremos, mediante una obediencia y de una manera que va mucho más allá de toda obediencia legal que podría haber cumplido los deberes que correspondían al primer Adán, y que estaban contenidos autoritariamente como deberes en la ley. La promesa fue dada a Abraham en el capítulo 12. Se confirmó a la simiente en el capítulo 22, después de que Isaac fuera ofrecido. Abraham fue llamado a renunciar a todo lo que amaba, a todas las promesas donde Dios las había depositado; porque en Isaac debía ser llamada su simiente; una entrega total de sí mismo - "tu único hijo, a quien amas"- y de todo lo que Dios le había dado, como fundado en la vida en este mundo, en la simiente que había recibido de Dios según la promesa. Debe contar sólo con Dios y con la resurrección, y renunciar a todo en la vida de aquí abajo. Y lo hace. Isaac se entrega con devoción a Dios, y Dios confía en la promesa que debe ser en la resurrección. Todo esto estaba fuera del alcance y la naturaleza de la ley. No se trataba de las pretensiones de obediencia a la justicia legal en el hombre, sino de la entrega absoluta de sí mismo y de la justicia y de todo a Dios. Todo fue ofrecido en sacrificio. La ley obedecida es la vida cumpliendo sus deberes. Esta fue la entrega del yo y de las promesas y de todo a Dios - el sacrificio de todo a Dios. Era la conocida figura de Cristo ofreciéndose a Sí mismo ( sólo en Él se cumplió realmente) y resucitando de entre los muertos. Entonces, y no hasta entonces, la promesa fue confirmada a la simiente. Es decir, la promesa fue confirmada a Cristo sobre la base de una obediencia infinitamente superior a toda ley, y como habiendo pasado por la muerte (y la ley sólo tiene poder sobre un hombre mientras vive), y como resucitado de entre los muertos, y a nosotros en Él. [3]

 

Resumen de lo Que Fue Dicho Anteriormente

 

Es importante entender los caminos de Dios con el hombre. Hubo la creación del hombre, luego la caída y sus frutos, luego el juicio por el diluvio. En vista de la violencia y la corrupción que habían llenado la tierra antes del diluvio, el gobierno fue encomendado al hombre en la tierra renovada. Entonces la supuesta autosuficiencia del hombre se elevó (Génesis 11) y fue juzgada. Sin embargo, el gobierno continúa en la tierra, aunque pervertido, hasta que venga Cristo en poder y gloria, quien lo ejercerá en justicia. Mientras tanto, el hombre demuestra continuamente su incompetencia para gobernar.

Llega el juicio (Gén. 11) y se forman las naciones. La lujuria y el orgullo que fueron juzgados por Dios (Gén. 11:1-9) pasan al primer conquistador, Nimrod (Gén. 10:8-10). A partir de entonces el gobierno prosigue en los reinos divididos de los hombres, y aunque tantas veces sin justicia, sin embargo Dios reconoce el gobierno como una institución divinamente designada. A su debido tiempo, Cristo asumirá el gobierno y glorificará a Dios en él.

Junto con el desarrollo del poder de Nimrod, el hombre se adentró en la idolatría (Jos. 24:2; Hechos 14:18; Rom. 1) y en la adoración de demonios (Deut. 32:17; 1 Cor. 10:20).

En tal condición mundana producida por el primer hombre se introdujo el llamado de Dios (1) la casa del Padre y (2) la familia, que son el fruto de las relaciones creadas, así como (3) el pueblo formado por las asociaciones consecuentes a la dispersión por el juicio de Dios al confundir las lenguas, no son tocados, no son cambiados, por el llamado de Dios. Estas tres cosas se dejan donde están. El llamado de Dios no cambia el orden o la condición en la tierra ni reforma ninguna de estas tres cosas. El llamamiento de Dios las deja donde están. Dios no introduce remedios, porque no hay remedio hasta que Su Ungido reine en Sión ante Sus ancianos en gloria (Isa. 24:23).

El llamamiento de Dios es un reclamo de la gracia para dejar todo donde está y como está. El llamamiento de Dios es consecuente con el desarrollo y la perversión de estas mismas tres relaciones, y sólo pudo adelantarse en los caminos de Dios cuando, a causa del fracaso y la perversión por parte del hombre en relación con estas tres cosas, éstas formaron el trasfondo sobre el que viene el llamamiento de la gracia a un camino de separación en el caminar. El llamamiento de Dios por gracia soberana inclina el corazón en obediencia y rompe el dominio de estas cosas. El llamamiento de Dios es un llamamiento al camino de la obediencia, de la separación, de la comunión, de la adoración, de la prueba y de la herencia, pero con ello la pérdida de las cosas presentes. Este llamamiento lo obedeció Abraham (por gracia) y así confesó que era extranjero y peregrino en la tierra. ¿Eres tú un extranjero y un peregrino en la tierra (1 Pe. 2:11), o te entretienes en planes para hacer de este mundo un lugar mejor y remediar los males en estas tres cosas?

 

No Hubo Una Nueva Administración Introducida con Abraham

 

No hay introducción de una dispensación o administración en conexión con Abraham. Y aunque la introducción de las promesas es muy importante, la "promesa" es un complemento del llamamiento. Por lo tanto, si uno tuviera que hablar de una dispensación en esta conexión, "dispensación del llamamiento" sería más apropiado. Sin embargo, ni el llamamiento ni la promesa constituyen por sí mismos una administración. Por otro lado, el llamamiento puede constituir un elemento de una administración, como las administraciones de la ley y de la plenitud de los tiempos. Pero la "promesa" y el "llamamiento" por sí mismos no instituyen un período de tiempo durante el cual Dios está probando al hombre, como tal. Con el llamamiento de Israel, unido al gobierno, tenemos una administración en la que "el primer hombre" fue probado y fracasó tanto en el llamamiento como en el gobierno unidos (y en todo lo dispensado por Dios, como el sacerdocio, los jueces y la realeza). Además, la prueba incluyó la capacidad del hombre para realizar las promesas a través de sus propios esfuerzos. Pero este fracaso no anuló las promesas dadas antes a Abraham (Gal. 3:17-20).

Mientras tanto, el gobierno, dado a Noé, como cabeza del mundo que ahora es, en conexión con ese gobierno, continuó mientras Dios trataba con los patriarcas.

 

 

 

 

 

Si el Señor lo permite, próximamente se publicará el capítulo 10….

 



[1] Collected Writings of J. N. Darby 19:126-129, artículo “Abram.”

[2] A Cristo, no "en Cristo".

[3] “Collected Writings” de J. N. Darby 21:304-307, folleto "Not Law but Promise". Ver también 16:68-76; 22:346, 368-370; 29:84n, 96; 34:13, 14; 5:385; 2:134-137, 348. Ver el folleto “Abram, Gén.12, 13,” por W. Kelly, en "The Bible Treasury" 10:193-198.